Barcelona, la memoria y la marca

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Viajando con dos niños en coche uno de ellos pide una canción: “Barcelona”. Difícil saber cuándo ha podido escuchar una canción que tiene 30 años y que reúne a dos estrellas fallecidas, Mercury y Caballé. Como la música en streaming combinada con Siri no tiene misterio, al instante suena la canción mientras el coche se desliza silenciosamente sobre el asfalto de una autopista.

“Barcelona” no se creó como canción de la XXV Olimpiada, sino como gancho y broche de su candidatura (aquí se puede escuchar en un playback urbano de 1988). La canción triunfó y ha perdurado, como atestigua la mencionada petición del niño, y está plenamente inscrita en el ADN de la ciudad condal, contribuyendo a su dimensión de moderna urbe de nombre y proyección internacionales. Si se preguntara a un grupo heterogéneo de personas qué recuerdan de aquella gran efeméride, sería citada sin duda por delante de muchas gestas deportivas y de otras piezas musicales, como las estupendas pero menos conocidas fanfarrias del también desaparecido Carles Santos (se pueden escuchar aquí). La canción representa un punto álgido en la construcción de la moderna y pujante Barcelona, e indirectamente sirvió para difundir una imagen moderna de su directo contexto geopolítico, a lo que por supuesto contribuyó esencialmente la propia celebración olímpica.

Madrid, una ciudad abierta y evolucionada, posee sin embargo cierto marchamo castizo y alcanforado, con Plácido Domingo cantando el himno de su principal equipo de fútbol. Si preguntáramos qué se recuerda de sus sucesivas candidaturas olímpicas, probablemente salga a la luz (es un decir) la intervención de la entonces alcaldesa de la villa y corte, Ana Botella, invitando a los olímpicos a disfrutar de su ciudad en un inglés harto trabado. Es verdad que de su intervención se rieron millares de personas que deben mirar el diccionario para distinguir el yes del no, y que ella hizo su esfuerzo seductor con su inquebrantable sonrisa y dando lo mejor de sí misma, pero si se rememora su relaxing cup of café con leche (por ejemplo pinchando aquí) no deja de abrumar que el legado para la marca ciudad de su esfuerzo millonario por atraer los JJ.OO. sea algo tan mal concebido y tan risible. Es verdad que Madrid tiene clase e inercias como para resistir esa y otras muchas embestidas, pero en lugar de sumar, restó, ¿por qué? No porque sin querer resultara chistoso, sino porque el discurso estaba decididamente mal construido. Lo que de aquellos intentos ha quedado en la memoria erosiona la proyección doméstica de Madrid, aunque probablemente en una esfera internacional no sirviera ni como anécdota. Y, si fue así, tanto peor.

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