Burbujas de un clásico: “One night”, de Jordi Moragues

Home / Uncategorized @eu / Burbujas de un clásico: “One night”, de Jordi Moragues

 

Joseba Lopezortega /

 

Un contexto.

En 1997, año de producción de One night de Jordi Moragues, la productora Pixar sólo había trasladado al gran público su primer largometraje, Toy story, dirigido -dicho hasta las últimas consecuencias- por John Lasseter. La historia de la animación no está escrita, ni tiene nada que ver con la evolución de los efectos especiales, salvo por el común denominador tecnológico, pero lo que probablemente diga es que el inicio del S. XXI polarizó la animación en torno a dos estudios: Pixar y Studio Ghibli, bajo el influjo de dos creadores excepcionales, respectivamente el propio Lasseter y Hayao Miyazaki. Completamente diferentes, sumamente personales y ambos enormes, Lasseter y Miyazaki, de forma que quiero creer inevitable, colaboraban ya desde 1992 (Lasseter fue consultor creativo en Porco Rosso, de Miyazaki) en obras maestras del japonés como Spirited away (El viaje de Chihiro,  2002) 0 Ponyo (Ponyo en el acantilado, 2009), en las que el norteamericano ejerció como productor ejecutivo.

En este contexto, Disney se arrastraba a finales del S. XX con películas exitosas, pero lastimosamente ancladas en una visión de la animación como mera fórmula de taquilla: princesas, príncipes, villanos. Esta tendencia, con todo el respeto hacia algunos títulos nobles, pero no sobresalientes, sólo se ha roto de una forma nítida en Big Hero 6, aunque el enfrentamiento entre la villanía y la bondad sigue siendo el centro de su relato y el regordete robot blanco es, de hecho, un espíritu deudor a partes iguales de Totoro y de la mejor sensibilidad antropomórfica de algunas criaturas Pixar.

Volvamos a 1997. Es verdad que Lasseter acababa de asaltar las taquillas por vez primera, pero su nombre ya era legendario en el entorno de la industria de la animación en 3D desde años antes gracias a los cortos de Pixar. Tin toy había ganado el Oscar al mejor corto animado en 1988, -precisamente el año de producción de la excepcional Mi vecino Totoro-. En Tin toy se producía el milagro de expresar todo un ciclo emocional a través de un muñeco gracias a la animación por ordenador: allí estaban la ilusión, la decepción y el miedo, el lado oscuro de la infancia como poder destructivo y, en suma, la capacidad de transmitir sentimientos en una breve narración admirable creada con imagen de síntesis. Pero Lasseter ya había fascinado con Red’s dream (1987), y volvería a hacerlo poco después con Knick Knack (1989), una serie de tres producciones consecutivas que constituyen una cima en la historia de la animación y, por tanto, del arte del S. XX. Su nombre ya era el más pronunciado en el mundo de los estudios de animación e imagen por ordenador de todo el mundo, y lo sigue siendo. Era el rey, y señalaba el camino, y él mismo lo recorre en un plano de notable consistencia.

En España las cosas avanzaban a un buen ritmo en la década de los noventa, pese a que la sensibilidad de los sucesivos gobiernos hacia la industria audiovisual en su conjunto, y específicamente hacia la imagen de síntesis, era virtualmente nula. La imagen de síntesis atraía a estudiantes y profesionales, se enseñaba en las universidades y producía piezas de mucho interés, aunque era víctima de un doble e interesado arrinconamiento. Por un lado, la industria audiovisual no acababa de entender su potencial, al contrario que en Estados Unidos o Francia; por otro, el apparatchik de los circuitos del arte desdeñaba algo tan tecnológico en beneficio del llamado vídeo de creación, un ámbito creativo que el paso del tiempo ha tratado en España con implacable (y justificada) crueldad, salvo en muy contadas excepciones.

 

Una obra con categoría de clásico

Dentro del ámbito universitario, dos centros sobresalían por encima de la media: la Universidad de las Islas Baleares y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, específicamente el Institut Universitari de l’Audiovisual. Y en este último, culminaba su formación un joven llamado Jordi Moragues, que con One night lograba algunos reconocimientos internacionales y, ante todo, marcaba un hito indudable en la comprensión de la imagen de síntesis como un lenguaje autónomo y plenamente capaz de servir a la voluntad de constituir un relato dramático, poético y de sutil poder evocador.

De One night dice su autor: “For the first time I developed complex characters that evolved through a long story. I discovered that adapting a pre-existing work to another media is not as easy as it seems. I learned a lot about animation, timing and emotion when I had to have simple objects like bottles express subtle situations. At the end of the process I could perceive the animation tools as an extension of myself. I learned the hard way to organise and to keep the spirits in big and lonely projects -almost a half an hour program and more than 200 shots-. I also learned a lot about sound”

One night es la narración del clásico de Shakespeare Romeo y Julieta con dos botellas de refresco como protagonistas, Pepsi y Coca Cola. Visualmente la pieza es perfecta: planos de excelente factura, con inteligentes grúas; comedimiento y mesura, un montaje sobresaliente y un depurado trabajo de computación gráfica que soporta muy bien los casi veinte años transcurridos desde su producción. One night se erige en ese sentido como un clásico, entendiendo por clásico aquello que es esencialmente ajeno a valores coyunturales y por tanto efímeros (exactamente la razón por la que gran parte del vídeo de creación se ha desvanecido, diría que de manera gozosamente irrecuperable).

Jordi Moragues muestra elementos de humor consistentes en el contexto de un drama explícito, como el encuentro de Coca Cola con Ron Bacardí, y muestra también una bien entendida cinefilia en el amor a primera vista entre Pepsi y Coca Cola en una pista de baile, que recuerda la gran adaptación del clásico de Shakespeare en el musical West Side Story, de Robert Wise y Jerome Robbins. Por lo demás, su obra es perfectamente reconocible, autónoma y personal, incluso dentro del enorme caudal de producciones de aquel periodo de efervescencia productora. Es brillante. Incluso el empleo de imagen real en el inicio y el final de la pieza es de una aplastante coherencia, y entronca la textura visual de One night con la tradición del mejor cine animado centroeuropeo.

 

Es un honor abrir con esta obra de Jordi Moragues la sección Audiovisuales de El blog de Sumi. Gracias a Jordi por su amable aprobación.

Esta es One night
Jordi Moragues, 1997

 

 

 

Web gune honek bere eta hirugarrenen cookieak darabiltza, nabigazioa hobetzeko, zure hobespenetara egokitzeko eta zeregin analitikoak egiteko. Nabigatzen jarraituz gero, gure cookieen politika onartuko duzu: Cookien poliitka

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar