Redes: algunos riesgos, algunas amenazas

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Ilustración: María Laburu / Suministros de Imagen
Ilustración: María Laburu / Suministros de Imagen

Joseba Lopezortega –

 

Una institución musical vasca contaba recientemente en sus redes que un español estaba a punto de proclamarse campeón del mundo de violonchelo. Por supuesto no existe tal campeonato, pero la persona responsable de las redes en esa institución muy respetable y consolidada hizo suyo el lenguaje banal de un diario amarillo, que se refería al Concurso Chaikovski así, como si estuviéramos hablando de una competición contrarreloj. Es decir, la institución musical dio pábulo a una información sencillamente deforme. En las mismas fechas circulaba a través de las redes un artículo sobre hasta qué punto esos concursos musicales son absurdos e imprevisibles, aunque marquen tendencia. Bien: tan a lo loco no funcionarán, cuando de hecho marcan tendencia; pero el artículo tiene un autor que, al margen de sumarse como jurado a algunos de esos concursos en los que no cree, firma con nombre y apellido, y es un autor responsable de lo que escribe y difunde y más que capacitado para hacerlo -probable ironía incluida-. En cambio, no sabemos quién es el o la responsable de dar por buena y divulgar la actualidad de un inexistente campeonato del mundo de violonchelo. Aquí es la propia institución la que asume la impericia de quien escribe o difunde en su nombre (por favor, que escriba poco). Pero, al menos, hay una institución tras esas publicaciones, y uno puede pensar: “madre mía, cómo anda el patio”, pero cabe distinguir entre la propia entidad y la persona que se encarga de sus redes. En realidad es sintomático que suceda algo así, porque muestra que se dejan las redes al control de personas poco o nada conocedoras de su teórica materia, y no parece que se supervisen sus labores, pero hablamos de un pecado venial. Conozco casos realmente peores sin salir de este ámbito.

 

Opinar en el baile de máscaras

El abanico de fiabilidad que proporcionan los medios tradicionales y los blogs y su consecuente repercusión en las redes abarca 360º, o lo que es lo mismo: puede llegar a estremecer para bien y para mal. En particular los blogs, si no se gestionan de manera rigurosa, pueden ser reservorios de tropelías, pero normalmente tienen un autor o una entidad responsable detrás y si no los tienen es que ni siquiera son blogs: son contaminación digital. Cualquier persona con un mínimo de formación sabe discriminar lo que merece la pena leerse y lo que no, lo que parece fiable de lo que no. Pero, reflejo al fin de la pluralidad de nuestra especie, existen también legiones de navegantes sin un mínimo de formación. Ese es el hecho -acaba de evidenciarse con los “antivacunas”-. Y otro hecho es que esas legiones pueden, apretando un botón, opinar sobre un lienzo de Miró (“lo podría pintar mi hijo”), un problema político complejo (“¿y por qué voy a andar regalando mi dinero a los griegos?” tanto como “Merkel es una nazi”) o la calidad de una tostada o una hamburguesa en un restaurante. De hecho, hay aplicaciones especializadas en proporcionar a sus usuarios la posibilidad de opinar partiendo de tres bases: el anonimato (la condición básica de la maledicencia, entre otras cosas, pero también la base del sistema económico de estas aplicaciones), la mala ortografía (nadie edita los contenidos) y un potencial infinito de ignorancia en la materia sobre la que se opine, porque generalmente todo vale y todo se publica. Lo importante es participar. Finalmente, marcando el vértice del potencial manipulador y la falta de exigencia de esas aplicaciones, existe la posibilidad de puntuar. Ni siquiera es necesario valorar por escrito: basta con saber puntuar tocando unas estrellitas. Y ahí queda el rastro, ahí queda la opinión, pero también el daño. Si no sabes escribir, puntúas.

Esa capacidad de opinar en la red marca probablemente la diferencia entre los medios de prensa tradicionales (papel) y las ediciones digitales de esos mismos medios. Recientemente, en una red “social” (¿social?), la periodista Lucía Martínez Odriozola me comentaba que algunos profesionales de la prensa escrita no se ven reflejados en las ediciones digitales de sus propias manchetas. Tiene lógica: opinar en papel implica cumplir unos requisitos, entre ellos la relación entre opinión e identidad, mientras que opinar en red implica que estás proporcionando visitas y, por tanto, generando ingresos, y la identidad y el valor de la opinión tienden a importar cero. Hablamos de dos naturalezas claramente distintas viviendo bajo un mismo techo y enfocadas a dos objetivos completamente divergentes. Desde la lógica empresarial, si publicar una noticia sobre un improbable simio con dos cabezas que se salva del mortífero abrazo de una pitón o un vínculo a un desfile de muchachas en ropa interior proporciona muchos clics, esas informaciones tendrán más presencia que una noticia sobre un nuevo hundimiento de una patera en las costas de Lampedusa, que de puro repetida apenas interesa a nadie (salvo que se bata un récord de víctimas). El problema es que en el camino habrá muerto el periodismo, aunque quizá se haya salvado la empresa periodística -en el corto plazo: dudo que la eficacia de la publicidad que acompaña a esos contenidos feriales sea precisamente incuestionable y duradera-. Un peaje terrible para los buenos profesionales, sin duda, pero que tal vez sirva para salvar una redacción.

Como opción es respetable, pero también discutible. En los años en que la industria de la exhibición cinematográfica estaba en manos de empresarios locales con salas en el centro de las ciudades (los antiguos cines, que cambiaban de película semanalmente para recibir a una clientela que acudía a su sala cada fin de semana dieran lo que dieran) me entrevisté en apenas una semana con dos exhibidores distintos. Al cabo de 25 años ninguno de los dos está en activo, pero sus posiciones de partida y sus principios eran diametralmente opuestos. Uno me decía que el cine era un arte y que él deseaba salas minoritarias, y que ofrecieran en versión original el cine que él apreciaba; y que no menospreciaba el cine de masas, sino que lo complementaba con su programación. El otro me dijo (y lo tengo grabado en mi memoria): “si mañana me dijeran que cambiando los proyectores por máquinas de hacer alpargatas gano un duro más, mañana mismo vendo alpargatas”. Mi conversación con el alpargatero fue mucho más breve que con el empresario cinéfilo, y en ese sentido mucho más rentable: el tiempo es oro y el tipo iba al grano, así que el alpargatero era mucho más y mejor emprendedor, aunque un poco menos interesante. Cerró sus salas unos 20 años antes que el admirable amante del cine, pero esa es otra historia.

 

Opinar para crear, opinar para destruir

Me resucitaron estas reflexiones y divagaciones hace unas semanas, tras leer unas cuantas opiniones sobre el restaurante de una amiga en Bilbao, que se mostraba molesta con la facilidad con que algunas personas se cobran venganza en determinadas plataformas cuando algo les contraría o no sale a la medida de su cálculo: por ejemplo, cuando amenazan veladamente al restaurador o al hostelero con puntuarles muy bajo en cualquier aplicación patibularia si la cuenta les parece alta o si, sencillamente, han decidido comer, cenar o dormir barato. O gratis. Un empresario del sector de la hostelería me decía que el dominio de Booking en el sector es de tal magnitud que en su establecimiento tienen pánico a las opiniones negativas en la aplicación. Eso convierte la posibilidad de puntuar bajo en una verdadera máquina de chantajear, y a juzgar por lo que él me contaba existen verdaderos especialistas en la materia. Consumados pícaros. Por otro lado, Booking impone condiciones duras a los establecimientos a cambio de sus servicios, y funciona básicamente como un parásito oportunista respecto del sistema hostelero (especialmente en sus eslabones más débiles y carentes de marca), y es de esperar que el sistema deba rebelarse -tarde o temprano, no sé por qué vía- contra la amenazante dictadura del aparente servicio, que naturalmente lo fía todo al precio más bajo, la base de la economía de muchas de estas aplicaciones junto al pseudónimo, el anonimato. Una aplicación empobrecedora y erosiva.

Booking es un elemento insaciable y extenuante para buena parte del sector, pero se integra perfectamente en la cultura opaca y voluble del buscador Google, un gran actor del juego económico literalmente al margen de la ley, de cualquier ley. Actúa como si en lugar de moverse en unos cauces de transparencia y ordenamiento, los resultados empresariales y sus procedimientos fueran secretos; como si el juego bursátil careciera de comisiones de control y el valor de las acciones dependiera de un algoritmo que nadie conoce, salvo su formulador. Así que la opacidad forma parte del ADN de la red en su actual fase de desarrollo y así será hasta que alguien, algún día, logre encender las luces democráticas y soberanas de los estados de derecho para iluminar esas profundas y oscuras minas de vasta riqueza, en las que se mueve una estirpe de triunfadores de Silicon Valley -y aledaños- que en algunos casos, según parece, incluso alardean de operar al margen de los designios de los gobiernos y de los marcos legales que les son teóricamente aplicables. Ellos entienden perfectamente el potencial de un mundo global, también en materia de atajos y paraísos fiscales.

Ella no la citaba, pero en cuanto leí el lamento de mi amiga restauradora pensé en TripAdvisor: una aplicación en la que cualquiera puede opinar sobre unas materias tan delicadas como la gastronomía o la hostelería sin necesidad de saber freír un huevo, aunque la propia aplicación (si no lo interpreto mal) cualifica a los y las opinantes mediante esta fascinante escala: nuevo colaborador, colaborador, experto en restaurantes 1, colaborador senior, colaborador útil (sublime, ¿o no?, pobres los anteriores), explorador y pasaporte. En la práctica parecen abundar los “nuevos colaboradores”, como no podía ser menos, sobre todo porque los duchos en comer fuera y en lugares justificadamente merecedores de un comentario se mueven en otro tipo de espacios, o tienen sus propios blogs más o menos serios y fiables. Es obvio que no es lo mismo leer una opinión apresurada en TripAdvisor que una reposada en Verema, por poner dos ejemplos. El caso es que nada más abrir el TripAdvisor y buscar el restaurante de mi amiga, allí estaba resplandeciente la causa de su disgusto. También encontré algún pasaje memorable en el que se charlaba sobre torrijas.

Quizá todo esto represente una experiencia liberadora. Que Daniel Barenboim sea un director de orquesta, un pianista o un saltador de pértiga tiene una importancia relativa (además todo es cierto, ¿o no?). Que Beethoven se escriba así o Vetoven, como hace poco rastreaba un periodista musical en redes, ¿en qué afecta? Seguirá siendo poco escuchado. Si queremos convertir en campeonatos del mundo los concursos de música, ¿qué más da? Vale, Bruno Walter corría el cuarto movimiento de la Sinfonía nº 9 de Mahler en 18 minutos, y Dudamel en 30. Walter el más rápido, con casi una vuelta de ventaja. La falta de sustancia de esa forma de abordar la realidad la convierte en inerte, en placebo. Lo preocupante, lo que realmente deteriora, es que se vendan como películas las alpargatas y que la ciudadanía haga dejadez de su capacidad para discriminar entre ambas. Es imprescindible que todas y todos ejerzamos esa capacidad, sobre todo cuando son los propios teóricos responsables de algunos medios y de todas las aplicaciones los empeñados (¿interesados?) en poner celuloide en los pies y esparto en las cabezas.

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