Volver la mirada a los medios periodísticos

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Imagen: María Laburu / © Suministros de Imagen
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Artículo publicado en El Correo el 25 de noviembre de 2016

 

Joseba Lopezortega /

 

La pasividad de las redes sociales ante las noticias falsas se ha cuestionado tras los resultados de las presidenciales norteamericanas. Bulos diversos han circulado por Facebook o Twitter hasta el punto de influir –eso se dice- en los resultados electorales, y se reclama que las redes, que probablemente saben de nosotros y de nuestros hábitos más de los que imaginamos, empleen su capacidad de control para evitar que las noticias falsas se propaguen y puedan intoxicar a los ciudadanos electores. Ya hace ocho años el empleo inteligente y muy imitado de las redes por parte de la campaña demócrata constituyó una de las claves en el triunfo de Barack Obama. Su lema principal, “Yes we can”, de históricas resonancia e impronta, ha resultado ser también un bulo: no, no se podía. Muy bueno, pero era sólo un lema: la realidad es lo suficientemente tozuda y opaca como para situar a Trump en la Casa Blanca dos mandatos después.

Hace unas semanas recibí un mensaje de Facebook. Me instaba a borrar de mis contenidos una conocida fotografía de Helmut Newton, en la que una mujer muestra sus pechos al paso de un vaporetto en el Gran Canal de Venecia. Es una fotografía espléndida, en blanco y negro, al parecer inaceptable para la popular red, de modo que Facebook no tolera un par de pezones vistos por un artista, pero no ha encontrado motivos para actuar a tiempo ante insidias propagadas maliciosamente y de forma masiva. Quizá no se trata de delimitar hasta qué punto una red es causante de un resultado electoral, que no lo es por sí misma, sino de sopesar que desde el momento en que se consideran inaceptables unos pechos y se exige su censura ya se está contribuyendo al triunfo de una moral involucionista, ya se ha puesto la red al servicio de una ideología oscura y regresiva. Mark Zuckerberg no puede decir que es neutral políticamente si su invento censura una foto de Helmut Newton: su red no sólo no es neutral, sino que ve los desnudos con una óptica propia del Tea Party, frente a la reivindicación del cuerpo de la mujer y por extensión de su radical autonomía expresada en la fotografía, un manifiesto lúdico y liberador. Decididamente Newton no es un fotógrafo porno y censurar esos pechos es alinearse políticamente.

Resulta abrumador pensar en la falta de discernimiento necesaria para que un potencial de millones de votantes den credibilidad a un supuesto apoyo del papa Francisco a una candidatura no ya de Trump, sino de cualquier candidato y en cualquier proceso electoral. En general es preocupante la falta de preparación y de herramientas críticas que demuestran tener quienes difunden contenidos sin contrastarlos, algo probablemente imputable a los sistemas educativos y también a la falta de experiencia de los usuarios para discernir adecuadamente qué es veraz y qué no en las redes (las radios de galena y después las de válvulas tuvieron su parte en la difusión de las ideologías rampantes de los años veinte y treinta). Hoy las redes sociales, como parece reconocer ahora Zuckerberg, no son sólo una herramienta de difusión, sino que son responsables de los contenidos que divulgan. Será curioso comprobar hasta qué punto intervenir cualitativamente en los contenidos en circulación no implicará un posicionamiento editorial por parte de esas tecnologías supuestamente neutrales, cuando lo cierto es que en estas semanas han servido para poner de relieve el papel fundamental de los medios tradicionales, es decir de las empresas periodísticas, en la transmisión de noticias comprobadas y sopesadas. No es accidental que Trump haya cargado tras su elección precisamente contra las empresas periodísticas que, según él, han instigado las protestas callejeras contra su elección en algunas ciudades, cuando por ejemplo en España se responsabilizaba a las redes sociales –y no a los medios tradicionales­­– de estar en la génesis de algunos movimientos ciudadanos y protestas.

En las últimas horas, Zuckerberg ha anunciado siete medidas contra lo que ha definido como “desinformación”, en un deseo de evitar la expresión “noticias falsas”. Es curioso que para no hablar de bulos hable de desinformación, una categoría de cosas probablemente más grave que la simple difusión pasiva de mentiras: al menos en castellano, desinformar es un ejercicio activo y dirigido a provocar un resultado predeterminado. Lo que Zuckerberg propone es confiar a la mejora de su algoritmia el primer y esencial filtro contra falsedades. Además, el risueño magnate va a atender la opinión no cualificada de los propios usuarios y cualificada de determinadas instituciones, pero ¿en qué momentos, para qué temas o en previsión de qué tipo de bulos?; el resto de las medidas mira hacia la prensa tradicional, incluyendo consultas con periodistas y actores del sector de los medios de información. Parece sensato, dado que Facebook es un medio de información enorme y excluyente, en la medida en que supone un mundo cerrado y regido por sus propias leyes no escritas, leyes a las que no son ajenas ni una capacidad de influencia indeterminada sobre la política ni una visión concreta sobre la moral, y que perfilan un horizonte más allá del cual mucha gente ni busca otra información ni probablemente la echa en falta. Facilitar el acceso a la prensa cualificada desde la propia red es, por tanto, una posibilidad de gran trascendencia, a la que apunta Zuckerberg cuando dice que quiere aumentar el nivel de los enlaces que propone su red con el teórico objetivo de facilitar el acceso a más y mejor información.

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