«Rogue One»: pieza menor, pieza mayor

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Joseba Lopezortega /

Un enorme aparato publicitario rodeó el estreno de El despertar de la Fuerza en la Navidad de 2015. La película se presentaba como un retorno a la primera trilogía producida y en realidad lo era de forma inevitable, dado que la segunda trilogía producida (con el inconcebible Jar Jar Binks en la primera entrega) no tiene peso específico ni como cinematografía ni como trama. Así que los seguidores de la serie acudimos al reclamo de una película sin ewoks y sin yodas voladores y dirigida por J.J. Abrams, y no por George Lucas -un director frecuentemente calamitoso-, una película ya perteneciente a la esfera Disney y precedida por excelentes trailers que remitían al reencuentro con Hans Solo y la mítica trilogía de los ochenta. Creo que esos trailers de El despertar de la fuerza fueron lo que más me gustó de la película, sobre todo el segundo, con la impresionante imagen del destructor imperial sobre el desierto, la socarronería de Harrison Ford y la célebre melodía de John Williams, único creador que ha mantenido un gran nivel en todas sus participaciones en la saga, incluso en las más prescindibles.

Un año después ha sido el turno de Rogue One, una película perfectamente autónoma en la que los únicos elementos menores son algunos guiños a su saga matriz, sobre todo la controvertida recuperación del gobernador Tarkin gracias a un Peter Cushing sintético -también lo fue en vida-, probablemente un ejercicio técnico y un reto para los programadores de Lucasfilm. Por lo demás Rogue One es áspera, trepidante y desesperada, como todas las revueltas que enfrentan a un gran poder, y cuenta con elementos excepcionales. Para establecer su alto nivel bastaría con recordar que la ha menospreciado Carlos Boyero, pero hay razones de más peso: la interpretación de Forest Whitaker es una de ellas; otra, que los personajes son trágicos y actúan más allá de cualquier esperanza, tomando su causa como una religión (más o menos como los seguidores del Athletic ante una final de copa) e inmolándose por la causa de la libertad; finalmente, que sus 133 minutos transcurren sin pausa y sin que se eche de menos el paradero de Skywalker, es decir: Rogue One es apenas una película de la saga, aunque encaje cuidadosamente en su puzzle.

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Esta autonomía de “Rogue One” también ha incumbido a su lanzamiento previo, muy alejado del gran aparato tradicional que tuvo El despertar de la Fuerza. Rogue One crece en el boca a boca, en compartir la libertad de disfrutar de una película que no tiene ataduras ni deudas argumentales y que ha dirigido con mucho oficio Gareth Edwards, director con menos películas y tan poca gloria como Irvin Kershner, otro gran artesano, cuando dirigió El Imperio contraataca. La diosa Fortuna toca un filme cuando los espectadores salen de la sala con sus expectativas superadas. En ese sentido Rogue One es principalmente una forma honesta de hacer taquilla, frente a tantas tentativas rayanas en lo fraudulento, a veces escondidas bajo la etiqueta traicionera de cine de autor o minoritario, o alternativo. Lamenté no haber llevado unos nachos al cine para encontrarme con Jyn Erso y Saw Gerrera en las debidas condiciones, tanto como recientemente agradecí ver en exquisitos silencio y celuloide La pasión de Juana de Arco de Dreyer.

El marketing que ha rodeado a Rogue One ha sido abordado en distintas publicaciones. Si se busca “Rogue One marketing” se encuentran numerosos análisis y datos interesantes, como por ejemplo que Disney y Uber (la empresa de transporte privado) crearon un acuerdo para que los usuarios de Uber pudieran elegir en qué nave espacial desplazarse -idealmente, claro-. Más allá de los cauces tradicionales en términos de marketing y efectos especiales alcanzados con El despertar de la Fuerza, Rogue One parece que no sólo ha experimentado para resucitar a Cushing. Con todas sus antenas en funcionamiento, Disney explora a través de esta pieza “menor” formas y vías para alcanzar e incluso superar los astronómicos beneficios que le reportará en los próximos años la operación global tramada tras su compra de Star Wars.

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