Zemeckis en el MoMA: obra y visiones

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Christopher Lloyd y Michael J. Fox en una secuencia de “Regreso al futuro”

Joseba Lopezortega /

Cuenta lrene Crespo en el diario El País que el MoMA neoyorquino dedica en estas fechas una retrospectiva al director de cine Robert Zemeckis. La excusa es una pirueta cronológica: el protagonista de «Regreso al futuro (Back to the future part 2, Estados Unidos, 1989), Marty McFly, llega al futuro un 21 de octubre de 2015 y además se cumplen también 30 años del estreno de la primera pelí­cula de la trilogí­a, estrenada en 1985 y (al menos en alguna votación) catalogada como una de las mejores de la ciencia ficción de todos los tiempos por el American Film Institute. Bien, ya sabemos cómo son las listas de las diez, las cincuenta o las cien mejores películas o libros. Sirven para echarse las manos a la cabeza por lo que falta, pero también por lo que sobra.

En todo caso el MoMA ha decidido que Zemeckis es «uno de los últimos autores clásicos», en palabras del comisario de la retrospectiva, Dave Kehr, excrítico del Chicago Tribune y columnista del The New York Times hasta su ingreso en el MoMA en 2013 como comisario adjunto del departamento de cine (con más de sesenta años, por cierto: no todos los comisarios fichan por los museos en la cresta de su ambición). Kehr, con el fervor de todo comisario que defiende a su criatura, asegura que Zemeckis fue un precursor de la animación digital desde «¿Quién engañó a Roger Rabbit?» («Who Framed Roger Rabbit», Estados Unidos, 1988) y al respecto sostiene el propio Zemeckis: «Soy como un padre de las pelí­culas en 3D moderno desde que hice «Polar Express» («The Polar Express», Estados Unidos, 2004). Bien, es discutible que «¿Quién engañó a Roger Rabbit?» convierta a Zemeckis en precursor de la animación digital, sobre todo considerando que la pelí­cula realmente pertenece al animador Richard Williams, que fue precisamente su director de animación, pero es realmente chocante leer que «Polar Express» convierte al eficaz director de estudio, digno representante de esa estirpe ciertamente en extinción, en padre del 3D moderno: cualquiera que lea estas reflexiones puede pensar en bastantes títulos anteriores e indiscutiblemente muy superiores en ese sentido “y en otros» a «Polar Express».

Del 3D dice Zemeckis (espero que en un inglés sensiblemente mejor a la traducción al castellano proporcionada por El Paí­s): «Siempre pensé que el 3D es una herramienta del cineasta para realzar la historia que vas a contar y no debería ser tratada como un truco o algo que añades. Tiene que venir desde el alma del material». Es un ejercicio de verdadero funambulismo intelectual tratar de superponer esa afirmación a «¿Quién engañó a Roger Rabbit?», pero no es menos cierto que para criticar una pel­ícula o una opinión ya están los demás. Pero añade: «Cuando los efectos digitales lleguen a ser parte de todas las películas y los directores están limitados solo por su capacidad artí­stica, espero que todo vuelva a girar en torno a la historia». Mi sensación es que eso ha sucedido hace tiempo, de hecho antes de «Polar Express», mucho antes. En el mismo año en que se estrenaba «¿Quién engañó a Roger Rabbit?» el Oscar al mejor corto animado era para «Tin Toy», de John Lasseter: y he aquí la prueba indiscutible de cómo existe una vinculación virtualmente genética entre tecnología digital, capacidad artí­stica e historia. No deja de ser paradójico que hable de 3D, integración en la historia y arte el director de «Beowulf» (Estados Unidos, 2007) que es un ejemplo perfectamente completo de todo lo contrario.

Recuerdo con benevolencia el estreno de «Regreso al futuro» en una enorme sala de cine de Bilbao, reconvertida hoy en una tienda de moda. Me pareció una comedia eficaz y llevadera sin ningún interés desde la perspectiva de la ciencia ficción. Admiro la capacidad de los Estados Unidos para producir en términos estrictamente industriales y luego transportar esa producción a espacios como el departamento de cine de un prestigioso centro de arte contemporáneo, generando un imaginario nacional creativo y artí­stico muy estimulante y heterogéneo: impuro, en el sentido más fértil de la expresión. Y me admira, finalmente, que todo este engranaje se ponga en marcha, con la eficacia de una rueda de molino, coincidiendo con el estreno de la última pelí­cula de Robert Zemeckis. Este marketing sí debiera llegar al MoMA, y de esto sí­ que podrí­a hablar y muy bien el prolí­fico, irregular y en ocasiones excelente director de estudio.

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